UN MUEBLE LLENO DE CAJONES

María casi arrastrándose. Miraba sólo el piso, con los hombros encorvados hacia adelante.
Juan se rió, y le dijo:
- No me hace falta hacer un curso de Lectura Corporal para decirte que es indudable que has decidido estar deprimida.
- ¡Qué gracioso! -contestó con una mueca María- No sólo estoy deprimida, sino que tengo un amigo que en vez de acompañarme en mi pesar, decide burlarse de mí. Mejor me voy y busco un amigo de verdad.
Y se dio vuelta para irse, pero la risa que soltó Juan ante estas palabras, hizo que María quedara inmóvil. Es que en definitiva tenía que reconocer que le hacía falta un poco de risa, aunque fuese a su propia costa.
Bastaron entonces unas palabras de Juan, diciéndole cuánto la quería como amigo, para que María se quedara.
- Bueno, veamos qué te ha sucedido tan grave como para que hayas decidido ponerte en semejante estado -dijo Juan.
- Es que he decidido terminar con Carlos, y estoy totalmente desilusionada. Me quiero divorciar. Me sorprende no haberme dado cuenta antes de como era él en realidad. Si yo lo hubiese sabido, nunca me habría enamorado de él.
- ¿Y cómo es en realidad?.
Y María empezó a relatar las particularidades de Carlos: que es "egoísta", que es "hermético", que es "...", y siguió por un rato, hasta que Juan la interrumpió.
- Pero, tu no estás hablando de Carlos. Estás hablando de ciertas partes de su ser. De ciertas partes que justamente, eran aquellas que fueron las que te atrajeron cuando lo conociste. Aquellas que para ti, lo hacían distinto y divertido.
No había Juan terminado de decir esto que María ya había cruzado sus brazos, cerrándose completamente a cualquier comentario directo.
Juan, entonces buscó de cambiar el enfoque de la charla y le dijo:
- Te voy a contar un cuento:
Hace mucho tiempo, en un lugar lejano, existía una ciudad muy especial. Una ciudad en la cual sus habitantes eran muebles. Sí, en esa ciudad los seres tenían la forma de "muebles". Algunos parecían Placards, otros Roperos, otros Mesitas de luz, otros eran Cómodas, otros Ficheros, y así tantos modelos distintos como te puedas imaginar. Eso sí, todos eran Muebles cargados de vida. Y esa vida se veía reflejada en el contenido de sus cajones. En cada uno de ellos guardaban algo de su ser. Siendo así era usual que cuando dos muebles se conocían por primera vez, hicieran un dibujo del otro. Y a medida que iban abriendo cajones, fuesen poniendo etiquetas indicando su contenido. Etiquetas como "desordenado", "superficial", "amoroso", u "egoísta", eran muy comunes entre ellos.
Un día, un mueble llamado Hermeticus, uno de esos muebles que tienen la particularidad de tener casi todos sus cajones cerrados con llave, iba por la calle y se cruzó con un mueble del otro sexo. Era la primera vez que la veía y quedó deslumbrado por su presencia. "¡Qué Mueble tan especial!" -se dijo-, y la corrió como pudo hasta detenerla y arrinconarla en una esquina para decirle:
- Quiero conocerte, ¿quién eres?.
- Soy, como te darás cuenta una "Cómoda" -dijo ella ruborizándose- aunque en realidad mi vida de cómoda no tiene demasiado -y se sonrió por el juego de palabras- Seré cómoda para los demás, pero incómoda para mí.
- Entonces hay cómodas incómodas-, dijo Herméticus y se rió, buscando de mostrarse simpático y seguir el chiste.
Y agregó:
- En realidad ya sé que tipo de muebles eres. Lo que quise decir es que quiero conocer eso tan especial que se percibo en tu interior. Además quiero saber tu nombre: Dime, ¿Cómo te llamas?.
- Lucecita -dijo ella, que se sintió sorprendida de que un mueble como Herméticus se mostrara tan interesado. Que un mueble pudiese digamos de un solo vistazo, vislumbrar lo que ella tenía tan celosamente guardado en sus cajones. Que se diese cuenta de que ella era especial.
Entonces Lucecita, que era tan tímida, se ruborizó de nuevo y tomó distancia diciendo:
- Hoy no puedo, mañana veremos. Es que no sé, es que todo es tan pronto, que tengo otros compromisos.
Y así Lucecita desapareció por un tiempo de la vista de Herméticus.
Pero el amor todo lo une, y por eso quizás la mano de un Hada los guió, y al poco tiempo se reencontraron.
Fue esa vez que Herméticus le dio las llaves de algunos de sus cajones, y de este modo, poco a poco y con mucho amor, cada uno fue abriendo cajones del otro y maravillándose con lo que encontraban.
Es que iba apareciendo lo que siempre habían buscado: el mueble que cada uno necesitaba para formar un juego armónico.
Entonces se fueron a vivir juntos. No sin que los demás muebles de la comarca opinaran de diversas maneras respecto de esta unión.
Juancho "el Ropero", igual que muchos otros, creía que eran los muebles ideales para estar juntos. En cambio Pepita, "la mesita de luz", no compartía este parecer. Ella que creía conocer a Herméticus, decía: "Pobre Lucecita, no sabe dónde se mete".
Es que, Pepita, luego de años de tirar infructuosamente de los cajones de Herméticus, sin lograr abrir uno solo, se preguntaba:
- ¿Cómo una Cómoda tan delicada puede estar con este ser que nunca se sabe qué contiene?.
A su vez, Saturnino, el Fichero, que creía conocer a Lucecita se preguntaba:
- ¿Y éste qué le vio a "esa" que no tiene nada en especial, sólo cajones comunes y revueltos.
Es que Saturnino nunca había podido abrir ninguno de los tantos cajones especiales de Lucecita. Siempre abría los mismos cajones. Eran lindos, simpáticos, alegres, pero sin grandes cosas adentro.
Es que todos a su modo tenían razón. Todo dependía desde "qué cajón uno hablase". Es que por supuesto los que no están enamorados de un mueble, en realidad nunca le ha prestado mucha atención.
¿Cómo podían Juancho, o Pepita o incluso Saturnino, entender?. Si nunca habían abierto esos cajones que para Lucecita hacían especial a Herméticus. O aquellos que para éste hacía tan especial a Lucecita.
En fin, hasta Pepita y Saturnino, se daban cuenta de lo que estaba pasando. Era que ellos estaban enamorados y eso justificaba cualquier elección.
Pasó el tiempo y era hermoso ver esos dos muebles preciosos llenos de cajones. Realmente engalanaban cualquier habitación en la que entraban. Es más los invitaban especialmente para vestir los mejores lugares.
Con el tiempo, comenzaron a surgir problemas entre ellos, pero los fueron superando, pues todos sabemos que cuando un mueble se enamora del otro, está dispuesto a pagar todo lo que haga falta para conservarlo a su lado, y de ese modo compartir juntos el resto de la vida.
Así siguieron pasando los años, mientras ellos, gracias a la magia del amor, sacaban lo mejor de sí. Y a su vez ponían cosas en los cajones del otro, cosas que lo enriquecían, para luego compartir felices el contenido.
Hasta que un día, y en realidad nadie sabe cómo, uno de ellos empezó a abrir los cajones equivocados en el otro, al rato estaban los dos abriendo cajones equivocados. Entonces empezaron a encontrar en ellos, cosas vulgares. Cosas que antes ya habían encontrado en otros muebles, pero que nunca se imaginaron que podían encontrar en este. Fue tal la sorpresa para ambos que cada uno por su lado comenzó a hablar con otros muebles diciendo:
- ¿Cómo pude equivocarme así?. ¿Cómo fue que no vi los otros cajones?. ¿Cómo no me di cuenta de que este mueble tiene el mismo contenido desagradable que el mueble anterior que yo tenía?.
A partir de ese momento, ninguno de los dos, volvió a abrir en el otro los hermosos cajones que tanto les había enamorado. Es más, abrían en el otro, y con toda intención los de contenido desagradable, para poder luego refregarle el contenido por la cara.
Por esa época era muy común entre ellos cuando se enojaban, sacar de sus cajones incluso recortes de artículos sobre partes de su pasado que los mortificaba. Sacaban historias que hablaban de cosas tales como "nunca podré perdonarte aquello que me hiciste aquella vez...". Lucecita luego de estas crisis quedaba exhausta, y Hermeticus cerraba sus cajones por semanas.
Incluso a momentos empezaban a dudar sobre cuán genuino había sido el otro en el primero encuentro. Fantaseaban pensando que el otro quizás le había mostrado sólo intencionalmente algunos cajones lindos, ocultando con malicia otros.
Finalmente, y en plena "crisis de pareja" ya los dos presentaban al otro sus peores cajones semiabiertos para que al menor movimiento, todo el contenido desagradable saliese. Y la situación se tornó insostenible...
Fue entonces cuando un día Lucecita le preguntó a una amiga:
- ¿Cómo hago para desenamorarme de Herméticus?, pues este mueble sólo tiene cajones feos.
- No te preocupes -la tranquilizó la amiga- ya tienes resuelta la parte principal de tu problema. Es que dicen que cuando quieres desenamorarte de alguien, el método es "concentrarte en lo feo que tiene", y por lo visto tú lo estás haciendo muy bien, ya que ahora no puedes ver sus cajones lindos.
Y la amiga tenía razón pues al poco tiempo se separaron.
Juan, dejó de hablar y se quedó mirando las lágrimas de María que caían fluidamente por su rostro.
Ella se las secó abatida y mirando hacia el piso le preguntó:
- ¿Me puede haber pasado eso?. No puede ser. Decime que todos los cajones que tiene Carlos son feos, por favor decime eso -y se puso a llorar.
Es que María empezaba a darse cuenta de la verdad.
Luego agregó con bronca:
- Está bien. Puede ser que yo esté viendo sólo cajones feos, pero no me vas a negar que Carlos tiene un montón de esos cajones feos.
Y miró a Juan a los ojos en forma desafiante.
- Mirá María, una pareja se puede comparar a una gran amistad, a la que se le agrega un componente de amor muy especial, ¿estás de acuerdo? -le preguntó.
- Si, por supuesto -contestó María, sin entender hacia dónde iba Juan con el razonamiento.
Juan continuó:
- Entonces te voy a repetir una frase de la película Perfume de mujer: "amigo es aquel que te conoce a fondo y, sin embargo, te quiere". O sea nos quiere a pesar de que conoce todos nuestros cajones.
María replicó, como una nena que protesta:
- Bueno, pero yo no lo puedo querer así. Yo estaba enamorada y él antes era distinto. Tenía cajones lindos, no feos.
Juan se rió de nuevo.
- No es cierto. La realidad es que gracias al amor, cuando lo conociste sólo pudiste ver algunos cajones, los que eran hermosos para ti. No pudiste ver el mueble entero. Antiguamente se creía que el acto de enamoramiento se producía porque un Dios o Diosa bajaba a la tierra y envolvía a la persona, impidiendo que se la pudiese ver en su totalidad, y luego cuando los dioses se iban quedaba la persona humana con todos sus cajones a la vista. Ese amor yo lo llamo "amor fascinación", un amor que lleva a la idealización del otro, y cuanto más lo idealices, más duro será encontrar al ser humano real que se esconde "lleno de cajones" detrás de ese amor. En realidad es muy difícil ver al otro, con todos sus cajones. Por ejemplo algunos cajones vulgares aparecen en la etapa del "amor convivencia", los "cajones más temidos", en la etapa de la separación. Otros cajones los puedes ver en la etapa del "amor condicional", y muchos, muchos, en la etapa del "amor totalidad".
- Cuéntame del "amor convivencia" -dijo María intrigada por los títulos que ponía Juan al "amor".
- Es la etapa de los cajones aburridos -explicó Juan- Es asumir que los mejores cajones de la pareja se han atascado, que la madera se hinchó y ya no se pueden abrir. Que esos cajones andan "de costado" y es mejor entonces no tocarlos. Que la vida es así, que el paso del tiempo y el deterioro propio de estos cajones hace que no se puedan usar. Es como si no existiesen. Entonces se resignan a convivir con unos pocos cajones, más burdos, que muestran cosas comunes, sin gracia.
- ¿Y qué es eso del "amor condicional"? -preguntó María.
Juan, dijo:
- Es buscar un mueble que reúna aquello que tu quieres, y sólo aquello que tu quieres. Artiles en su libro "La actitud psicoterapéutica" dice que en vez de aceptar la totalidad del otro, lo habitual en la relación es la relación condicionada, la aceptación parcial o, mejor aún, selectiva de la persona del otro. Es el común, "te quiero si..." que explícita o implícitamente, padres, esposos, amigos otorgan al "querido hijo, esposo, amigo". O sea cuando tu lo aceptas sólo si únicamente el otro abre sus cajones lindos para ti. Y la relación no puede funcionar de ese modo.
- ¿Y entonces qué puedo hacer? -preguntó María.
- Para comenzar deja de quejarte de Carlos, y de seguir abriendo sus peores cajones. Deja de ser una "provocadora de cajones feos" y dedícate a verlo de un modo más real.
A María, no le gustaba hacia dónde iba la conversación, y buscando cambiar de tema dijo:
- Háblame un poco del "amor totalidad".
Entonces Juan respondió:
- Te lo voy a explicar relacionándolo con Carlos. Supongamos que, dejando la bronca de lado, sientes que en ti a quedado algo del amor que se tuvieron. Entonces decidieses conocerlo en su totalidad. Redescubrirlo, pues Carlos es esto y aquello. Él está formado por los cajones lindos, los neutros y los feos, y no lo puedes definir por la suma de los adjetivos que pusiste en cada cajón. Carlos emerge como una totalidad sobre todo esto. Y como dicen en Gestalt: "El todo es muy diferente de la suma de sus partes". Tendrá cajones para admirar y otros para rechazar. Y con este amor, ahora incrementado bajo la llama de la comprensión, lo verás transformarse en un amor distinto. En un amor que comprende esta totalidad. Entonces habrás superado con éxito "el amor fascinación", y entrarás en el "amor totalidad".
- No sé que pensar -dijo María.
Juan insistió:
- Tu sabes que él sigue teniendo cajones hermosos, sino ¿cómo otra persona podría enamorarse de él, el día de mañana?. Lo que sucede es que has perdido la magia de abrirlos, y si la recuperas podrás llegar a ese "amor totalidad". Te darás cuenta de que en la relación no se trata de que él abra intencionalmente sus cajones para conseguir tu cariño, ni de huir de la relación cuando parecen quedar a la vista sólo cajones feos. Sino que el camino es justamente el inverso. El cariño incondicionado que tu le emites es tan grande, que él no puede hacer otra cosa que abrir los mejores para ti. Y aquí el amor se recrea con toda su intensidad. Entonces te habrás convertido en una "facilitadora de cajones lindos".
- ¿Qué es eso? -preguntó ella intrigada.
- No es un misterio que uno puede elegir sacar lo mejor de su interior, o permitir que salga lo peor. Lo mismo sucede cuando interactúas con el otro. Tus palabras, tus gestos, tus actitudes, tienen un enorme poder para abrirle determinados cajones. Una palabra dulce podrá abrir algunos muy especiales. Una palabra amarga, o un pensamiento triste, hará que se abran otros. Y una vez que decidas con todo tu amor buscar en él lo mejor, aprenderás a abrir sabiamente sus cajones. Entonces descubrirás en su interior joyas. Joyas que ni él conocía. Y él, sea consciente o no, hará lo mismo contigo.
Y si al principio no te resulta fácil hacerlo, y te das cuenta que, por algún motivo, ciertos cajones que no te gustan empiezan a abrirse en él, o en ti, comienza de nuevo, cambia de tema, o vuelve otro día. Haz esto todas las veces que hagan falta, hasta que lo logres. Hasta que saques de su interior el contenido de sus mejores cajones. Pues tal cual como lo dijo Confucio, hace más de dos mil años: "Las mejores personas alimentan lo bueno en los demás, no lo malo. Las peores personas alimentan lo malo en los demás, no lo bueno".
Luego Juan hizo una pausa, suspiró y agregó:
- Y recuerda que la vida humana se caracteriza por la imperfección. No hay personas con todos los cajones lindos. Eso no existe. Sólo hay seres humanos. Eso sí, seres humanos llenos de vida, ansiosos por ser descubiertos.


Revista Crecimiento Interior Nº 60, Año 6, Octubre de 1999

Autor: Dr. Dino Ricardo Deon.